Leer a Marcelo Cohen por primera vez
La sorpresa de Val al encontrarse con «La calle de los cines» y «Llanto verde»
No es algo que me pase muy seguido abrir un libro y sorprenderme tanto. Cuando me encuentro con una imagen, con una idea que jamás pensé, se siente como probar un sabor muy éxotico por primera vez: algo que parece una nueva conexión neuronal, un nuevo camino que se abre. A mí me genera hasta un pequeño dolor físico, alojado en el centro del cráneo y un poco también en el pecho. Como si ciertas combinaciones de palabras pudieran dar a luz células nuevas que expandan el cuerpo en los lugares donde siente y piensa. La última vez que me había pasado fue leyendo estos versos de Héctor Viel Temperley:
«Mira mi cuerpo, este animal antiguo
como el río más antiguo
y joven, todavía, como el agua
cuando aprendía a nadar,
solo entre cerros».
Pensar en el agua aprendiendo a nadar, pensar en el agua naciendo. No me parecía posible pensar en eso, hasta que leí este poema, que está incluido en Poemas con caballos. El agua naciendo y moviéndose por primera vez es una idea que ahora me obsesiona, por lo nueva, por lo crujiente y deliciosa. Este fue el tipo de experiencia que sentí cuando leí los cuentos de Llanto verde por primera vez: ¿a quién se le ocurre contar películas de un universo ficticio, en un idioma inventado? ¿Quién se puede atrever a gozar la literatura de esa manera? ¿A desordenar todo y empezar de cero simplemente porque le divierte?
No conocía a Marcelo Cohen y me lo llevé del depósito de la editorial como quien no quiere la cosa, para leer algo, para ver qué tal. Sabía que pronto nos íbamos a tener que poner a trabajar en el lanzamiento de Donde yo no estaba (al final vamos a hablar un poco de eso), así que me pareció un buen camino para empezar. Y la sorpresa fue grandísima, por un montón de motivos.
La idea de este texto es compartirles algunas de mis notas de lectura de La calle de los cines y de Llanto verde, dos libros de cuentos de la serie del Delta Panorámico, este universo imaginado por Cohen en el que suceden gran parte de sus historias. Pero ya aviso que me voy a ir por las ramas, porque encontrarse por primera vez con un libro de este autor es toparse con un universo casi paralelo, algo que desborda los límites del cuento o la novela en particular.
Hay tres cosas que, si charlaron alguna vez con algún coheniano, son los pilares por los que sus lectores lo recomiendan constantemente: el primero es el lenguaje. No solo por los juegos imaginativos y las palabras inventadas (el deltingo) sino por la prosa enriquecida, trabajada, llena de textura. En segundo lugar, la capacidad de inventar un mundo completo, y por último, la construcción de un sistema político y filosófico dentro de ese mundo.
Para esta lectura de los libros que nos convocan, me voy a quedar con las primeras dos y voy a agregar una que me interpeló a título personal: la capacidad de narrar problemas humanos no grandilocuentes, sino íntimos y pequeños, en un género como la ciencia ficción.
El lenguaje
Puede asustar, quizá, al lector o lectora recién llegado, la idea de leer un libro en un dialecto inventado. Cohen no deja un glosario, casi nunca define las palabras que imagina. Confía en la capacidad de su lector de comprender, de que hay una facultad compartida para imaginar.
No es una confianza ciega la del autor. Cuando me puse a leerlo por primera vez, sin tener idea de lo que era un cuadernátor y un minorco, lo que me gustó es que sentía que Cohen jugaba con las palabras de formas similares a las que suelo jugar yo. Es parte de mi diversión cotidiana modificar un poco los nombres de las cosas. Lo hago sola, lo hago con amigos, lo hago en mi intimidad en general. Muchas de esas expresiones de mi juego privado se me hacían muy similares a las que Cohen usa para referirse a las cosas más comunes en sus cuentos.
Esto no es porque él y yo compartamos una forma de pensar única. Es, simplemente, por algo que espero estar citando bien de mis clases de Lingüística, que cursé allá por el 2016: las posibilidades del hablante de estirar la lengua, de variarla, de inventar y deformarla, siempre están dentro de ciertas reglas o posibilidades de ese lenguaje. Se cita mucho esto cuando se habla de infancias aprendiendo a hablar ante el primer encuentro con los verbos irregulares: yo sé, yo sabo. «Sabo» es una palabra que perfectamente podría existir en español, si bien no es correcta. Lo que no podría existir en español es, por ejemplo, «xkljhg». Eso es algo que no podemos ni pronunciar. No tiene sentido dentro del código común que compartimos.
¿Por qué me meto en todo esto? Porque creo que los cuentos de Cohen están pensados para cualquier hablante del español que disfrute de jugar con el lenguaje. Todas las palabras que inventa las tenemos en la punta de la lengua. La diferencia es que él las escribió, las combinó, las hizo brillar para quienes nos acercamos a leer sus libros. Me gusta pensarlo así y no como un genio lejano e iluminado: un escritor divertido, de una creatividad enorme, que nos pone sobre la mesa un tablero, unas fichas y nos dice ya saben las reglas.
El lector ideal de Cohen no es necesariamente alguien letrado, inteligentísimo ni un lingüista. Es simplemente una persona a la que no le gusta ir de paso por un libro. Que disfrute de un lenguaje un poco más espeso, que lo ponga a prueba, que lo haga imaginar. Su literatura se para en contra de una tendencia que venimos arrastrando desde los noventa y que a mí en lo personal me deja más bien vacía cuando termino de leerla: lenguaje plano, párrafos cortos para poder interrumpir la lectura lo más posible, experiencias que sí o sí pueden rastrearse en la vida cotidiana de un determinado tipo de persona (generalmente, de clase media alta).
Lo que Cohen propone es la posibilidad de imaginar en todos los planos en los que sea posible hacerlo, pero principalmente, en la palabra y en el mundo. De esto último vamos a hablar ahora.
El mundo y su intimidad
Cohen describe el Delta Panorámico, este universo donde se inscriben buena parte de sus historias, de una forma que me gusta mucho, y siento que no tiene sentido que le ponga otras palabras yo:
«En el DP se vive en un futuro tan lejano que todo lo que podría pasar en nuestro mundo ya pasó y buena parte se viene repitiendo, con todas las eras y etapas como aglomeradas. En el DP conviven cosas que nosotros todavía desconocemos –pero deseamos– con cosas que prevemos, cosas que han subsistido e innovaciones a punto de caducidad. El Delta Panorámico es un vasto mundo de islas de río con climas, tamaños y paisajes diversos; cada isla o archipiélago es una unidad independiente –con su sistema político, su cultura, sus rasgos físicos, etcétera– ligada a las demás por dos o tres instituciones interisleñas y una lengua de intercambio, el deltingo».
Los cuentos de La calle de los cines y Llanto verde se inscriben en este universo. El narrador de todos estos relatos es el Marcelo Cohen de la Isla Onzena, diferente del Marcelo Cohen autor, de Buenos Aires. Lo que lo motiva es el gusto por contar películas, pero no cualquier película: cada film relatado proviene de alguna isla distinta del Delta Panorámico, trabaja con distintas realidades políticas y sociales, con distintos deseos. La instancia narrativa es realmente única. Lo leemos monologar, con lujo de detalles, acerca de estas películas que vio, nos cuenta sus tramas, todo sobre sus personajes e incluso la reacción del público o su propia opinión. Entre todos estos cuentos también hay cine mediocre, films que no le gustan.
Los relatos (las películas) tienen todos los elementos de la ciencia ficción: el futuro, los inventos, el impacto social, el avance tecnológico. Sin embargo, lo que a mí me gusta muchísimo de Cohen es que no usa estos recursos para hablar de los grandes problemas de la humanidad, sino de los pequeños. En mi cuento favorito de La calle de los cines, «Una puerta a la igualdad», un padre fallece y programa un holograma con un mensaje final que se activa cada vez que sus hijos hacen algún gesto o dicen alguna expresión que él recordaba de cuando eran chicos. La tecnología aparece al servicio de un problema de la intimidad: las relaciones distantes en un núcleo familiar roto y los esfuerzo de un padre por demostrar que, aunque no estuvo, conoce profundamente a los suyos; y, del otro lado, la desesperación de los hijos, interrumpidos por un padre que no quieren ver, un sentimiento que siempre se mezcla con la culpa, porque no querer hablar con quien te trajo al mundo no se siente como algo natural, aunque a veces sea necesario.
De la misma forma sucede en Llanto verde, el libro que viene a ser la continuación de La calle de los cines. Acá mi cuento favorito es «Bacterial»: un pintor que crea cuadros con materia orgánica es contratado por un coleccionista rico que quiere volver a ver su pueblo de origen, pero no puede viajar. El artista pinta un retrato que pasea por el pueblo y asimila toda la información, pero no puede necesariamente compartir la experiencia con una persona. El hombre exige que los ojos de la pintura sean transplantados a su cuerpo para poder verlo todo. Se inunda maravillado en los recuerdos y muere sin nostalgia. El recurso no deja de parecerme fascinante: imaginar la tecnología más inesperada al servicio del sentimiento más humano, íntimo hasta el punto de generar un pequeño dolor.
Puedo afirmar sin mentir que hasta el momento solo Marcelo Cohen logró que me conmueva la ciencia ficción. No es un género que yo elija, se me hace lejano, aplastante. Lo que él hace es distinto e invita a lectores de los más diversos. Hay un poco de espacio para todos, algo que seguro les parece brillante.
El gusto de contar películas.
Cuando empecé a tomar notas para escribir este texto pensé que iba a hablar, sobre todo, del placer de charlar sobre cine. Quería hablar de El beso de la mujer araña de Manuel Puig y también de Ostende, una película de Laura Citarella dentro de la cual se están contando películas constantemente (que, por cierto, la pueden ver entera acá, la recomiendo mucho). Me terminaron pareciendo interesantes tantas otras cosas que se me pasó el tema, pero no quiero dejar de traer a colación esta cita del prólogo de La calle de los cines, en la que Cohen habla sobre este gusto particular por el cinema:
«Soy un empedernido contador de películas. Creo que es una forma incomparable de comunicación y difusión, si uno lo hace procurando transmitir entusiasmo, dudas, efectos, pero sin estropearle la intriga a los que invita a verlas ni atropellar la versión de otros que las hayan visto».
Siento que el objetivo de «transmitir entusiasmo» atraviesa la obra de Cohen en general. Por el cine, por la revolución o, en Donde yo no estaba, por lo maravilloso que es el mundo en todas sus minucias, al punto que el narrador se propone adelgazar el yo e inunda su prosa con cada detalle del cotidiano.
Y con ese mismo entusiasmo tenemos, nuevamente, una gran noticia para contar: Donde yo no estaba, esa novela monumental de más de mil páginas que los fieles cohenianos conocen y que por mucho tiempo fue inconseguible, vuelve a librerías, bibliotecas y lectores después de veinte años de su primera publicación. Y por si fuera poco, tenemos el gusto de reeditarla nosotros.
Donde yo no estaba ya se consigue en Reunión, stand 1820 del Pabellón Amarillo, nuestro rincón en la Feria del Libro. Hasta el lunes 11 de mayo lo pueden encontrar ahí. Muy pronto les vamos a contar dónde más.
Hasta la próxima lectura,
Val





Gran texto y gran noticia. Leí llanto verde este verano. Cada vez somos más los hablantes del deltingo
Ahora tengo que leer a Cohen!